No tengo rostro aquí. Lo hice a propósito.
Me abrí camino en una industria dominada por hombres y aprendí lo que nadie te enseña: que tu lugar, o te lo das tú, o no te lo da nadie.
En ese camino encontré lo único que no falla: Dios. No la fe de domingo — la que te habla sola a las 3am y te dice que ya eres suficiente. La Biblia es mi manual de vida. Literal.
Y encontré en la Virgen María lo que el mundo nunca me supo explicar: que el poder femenino más alto no grita, no compite, no se justifica. Dice "hágase" y mueve montañas.
Disfruto de mi feminidad, del buen sexo, de los saberes ancestrales y de conectar puntos que casi nadie ve. Creo que lo que eres adentro moldea tu físico. Que tu energía se nota en tu cara antes de que abras la boca.
Trabajo para lo eterno. Estoy rompiendo patrones heredados. Y reclamando mi lugar como hija de Dios — porque ese lugar no se gana. Ya existe.
Mi nombre significa Altar del Cielo. No es coincidencia.
Alabastro es para la mujer que está dejando de construirse para la mirada ajena — y empezando a habitarse a sí misma.