Esto va a doler. Alguien tenía que decirlo.

De autocompasión, obesidad y el abandono que nadie nombra.

No estoy aquí para consolarte.

Estoy aquí para llamarte a la batalla más importante de tu vida: tú misma.

Y esta entrada en particular va a incomodar. Si necesitas que alguien te diga que todo está bien, que tu cuerpo es perfecto tal como está, que no tienes que cambiar nada — este no es tu espacio. Hay mil cuentas que hacen eso. Yo no soy una de ellas.

Lo que sí voy a hacer es decirte la verdad. Con respeto. Sin crueldad. Pero sin filtro.


El cuerpo es un diseño perfecto. Y la obesidad no es parte del diseño.

Antes de que sigas leyendo, necesito que entiendas una distinción importante.

No estamos hablando de voluptuosidad. No estamos hablando de caderas anchas, de glúteos generosos, de curvas. Eso es femenino, eso es diseño, eso es hermoso y poderoso.

Estamos hablando de otra cosa.

Estamos hablando de la panza que tuerce la postura. De la espalda ancha que carga un peso que no le corresponde. De los brazos que sudan y cuelgan y duelen. De la fatiga que llega antes de que el día empiece. De un cuerpo que dejó de ser funcional para convertirse en almacén.

Eso no es tu diseño original. Salvo condiciones médicas específicas y puntuales — que existen y son reales — ese cuerpo no es el que Dios pensó cuando te creó. Te pensó funcional. Productiva. Satisfecha. Con energía para tu propósito.

La obesidad llegó después. Y llegó por algo.


La comida no es solo comida cuando es tu sistema de apoyo.

Aquí está la verdad que nadie quiere decir en voz alta:

La pandemia de obesidad no se explica solo con ultraprocesados. Se explica con soledad. Con ansiedad. Con heridas que no han sido nombradas. Con un sistema nervioso que aprendió que la comida es segura cuando las personas no lo son.

Comes y el cuerpo lo atesora. No porque sea lento o roto — sino porque aprendió que ese recurso es escaso y valioso. Porque la comida se convirtió en compañera. En consuelo. En la única cosa que no te falla cuando todo lo demás falla.

Y el cuerpo, que es sabio, lo guarda. Lo convierte en volumen. En presencia física cuando sientes que no ocupas espacio de otra forma.

Eso no es debilidad. Es una respuesta adaptativa a un dolor real.

Pero ya no te está sirviendo.


La autocompasión que te tiene estancada.

Hay una versión de la autocompasión que sana. Que te permite reconocer el dolor sin quedarte en él. Que te da espacio para respirar antes de accionar.

Y hay otra versión que es trampa.

La que usa el dolor como razón permanente para no moverse. La que convierte la herida en identidad. La que encuentra en la validación ajena — «así eres hermosa,» «ámate como estás,» «no debes nada a nadie» — una razón para no preguntarse qué hay debajo del abandono.

Porque eso es lo que es, cuando lo miramos sin anestesia: abandono. De ti misma. De tu diseño. De tu propósito.

No lo digo con crueldad. Lo digo porque el abandono duele más cuando nadie lo llama por su nombre.


Lo primero no es la dieta.

Si la obesidad es tu realidad hoy, lo primero no es la disciplina. No es el plan de alimentación. No es el gimnasio.

Lo primero es la consciencia.

La consciencia de que esa no es tu imagen original. De que lo que llevas en el cuerpo tiene una historia — y esa historia merece ser vista, no tapada con más comida ni con más autocompasión vacía.

Cuando una mujer entiende por qué come, qué está llenando, qué dolor está consolando — algo cambia antes de que cambie nada en el plato.

El cuerpo empieza a soltar lo que ya no necesita cargar.

No porque hayas encontrado la dieta correcta. Sino porque dejaste de necesitar el volumen para existir.


Retoma tu poder. Todo lo demás se alinea.

No te estoy pidiendo perfección. Te estoy pidiendo honestidad.

La honestidad de mirarte y preguntarte: ¿Este cuerpo es una expresión de quién soy, o es una respuesta a lo que me ha dolido?

Dios no te pensó cansada, pesada y apagada. Te pensó con fuerza, con propósito, con una presencia que ocupa espacio de manera diferente — no por volumen, sino por poder.

Ese poder sigue ahí.

Debajo de todo lo que has cargado. Debajo de todo lo que has consolado con lo que tenías a la mano. Debajo del abandono que nadie nombró y que tú aprendiste a cargar sola.

Retómalo.

El cuerpo sigue. Siempre sigue.

— Alabastro Beauté

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